El encuentro personal con Cristo.

Consideramos muy importante y determinante que Ud. como lector comprenda desde su condición caída y perdida la necesidad que tiene de conocer la obra de Cristo en la Cruz, es necesario que ud. experimente una conversión radical, que pase de muerte a vida, de tinieblas a luz. Para esto el Evangelio ha definido un camino de conversión, donde el Espíritu Santo toca al hombre por medio de la Palabra y sin provocar necesariamente la conversión, le genera una convicción profunda del pecado.

Después Dios irá trabajando en el hombre, aclarando cada vez más su real condición de pecado mediante la revelación de la Palabra. Le irá mostrando lo que ocurrió en la Cruz por medio del sacrificio de Cristo, para ser liberado de las tinieblas y le hará experimentar el poder de transformación.

 

El cristianismo requiere que el hombre viva una experiencia de Dios real para su conversión. Cuando Dios determina el momento, esa persona vivirá una experiencia, por lo general de carácter repentino, que le producirá un vuelco decidido en su vida, con un cambio en la apreciación de las cosas y le hará comprender, la Verdad que Dios le está haciendo llegar.

Esta confrontación personal experimentada con Cristo será determinante en la vida de la persona. Generará un cambio franco en su comportamiento y como una verdadera explosión partirá una onda expansiva que afectará todo su ser: cuerpo, alma y espíritu.

 

El recibir el llamado de Dios a la conversión no debe ser producto del temor, por ejemplo, del infierno, sino que debe ser por seducción del Amor de Dios activado por el Espíritu Santo.

Se tiene que ser seducido por el propósito de la Cruz, por las demandas de Dios, por la Gloria de Dios. Este paso es considerado como la “experiencia de conversión cristiana”, porque la conversión no es resultado del esfuerzo humano, ya que es producto de “Una acción de Dios”.

Es el Espíritu de Dios quien nos va a provocar la convicción, profundamente arraigada en el corazón y en el espíritu, de que ahora “soy un cristiano”. Sabrá íntimamente, por el Espíritu Santo, que ya pertenece a la familia de Dios.